Los hijos de los otros

29 julio, 2008

En mayo de 2006, miles de personas se sentaron pacíficamente en la Puerta del Sol de Madrid para pedir una vivienda digna. Fue una concentración iniciada por un mensaje en la Red y su sorprendente éxito puso en marcha la siguiente sentada. Pero en aquella ocasión, la policía cortó las salidas de la plaza y apaleó y detuvo a varios manifestantes, todos jóvenes. Ahora, el fiscal solicita para nueve de ellos cincuenta años de cárcel. Les acusa de desórdenes públicos, que es una forma de verlo. Yo, que probablemente no me dejaría apalear por la policía sin defenderme, lo veo de otra manera, y, como yo, también lo han visto las personas de V de Vivienda, una organización ciudadana nacida a raíz de estas sentadas, que se manifiestan desde entonces en solidaridad con los detenidos sin que los medios se hayan hecho eco.

La aspiración a una vivienda digna es una de las más modestas que un ser humano puede tener. Y sin embargo, se ha convertido en una batalla desigual entre los especuladores (cuyos tentáculos -ellos los llaman “contactos”- abarcan, como se ve, los tres poderes) y quienes no tienen un mínimo lugar donde vivir su propia vida, es decir, nuestros hijos. Porque tendemos a pensar, refugiados en nuestro pequeño e hipotecado rincón, que estas cosas les pasan a los hijos de los otros: que probablemente se lo merecen, que algo habrán hecho. Y sin embargo, por cada uno de ellos que es apaleado o detenido, la vida se vuelve un poco peor para los nuestros. Así que podemos seguir buscando excusas para la cobardía y urgirles, una vez más, para que estudien mucho y no se metan en nada. Y, de paso, ir inventando una buena respuesta para cuando, terminada su ejemplar formación, y a pesar de lo calladitos que han estado, sigan sin encontrar una vivienda digna. Tal vez entonces comprendamos que, para la avidez de aquellos a quienes hemos permitido hacerse con el poder, nuestros hijos y los hijos de los otros son la misma mano de obra barata y explotable. Pero también podemos, antes de que eso suceda, despertar del sopor del desencanto y reconocer ante ellos que si el mundo que les damos es un poco más vil, es porque nuestra desidia y nuestro egoísmo lo han hecho posible. Tal vez si dejamos de confundir madurez y cinismo, si asumimos el dolor por el fracaso que nuestro escepticismo esconde, podamos aprovechar nuestra última oportunidad, como generación, de recuperar un poco de la dignidad que nos hemos ido dejando en el camino.

Publicado en El Mundo de Valladolid

28 de julio de 2008

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