<span class="entry-title-primary">Salir del infierno (o Patrañas por el derecho a decidir)</span> <span class="entry-subtitle">Patrañas</span>

Salir del infierno (o Patrañas por el derecho a decidir) Patrañas

23 noviembre, 2018

No hay como estar en el infierno y tropezar otra vez con la República, es como volver a respirar. Pierdes toda esperanza después de una crisis total y sistémica, después de diez años de gobiernos ciegos con discursos bobos, después de la multitud ocupando plazas durante unos pocos años, después de despertar con sus gritos a un puñado de concejales y diputados que se estrellan contra el muro institucional, pierdes toda esperanza de salir con bien de este laberinto del paro, los desahucios, la pobreza programada y la desigualdad, y te encuentras un día con la noticia de que los catalanes por fin han organizado su referéndum y han proclamado la República. Y ello, tras unos pocos años, eso sí, de sacudirse el miedo por calles y plazas enarbolando sus derrotas.

¿Y qué se les ocurre rezar, ante tamaña exuberancia de iniciativas, a los beatos del breviario nacional/meseteño? Los nacional/fascistas españoles han hecho lo de siempre, encarcelar o exiliar a los que encabezaban la audacia, esta creatividad de la multitud.

Tienen experiencia los nacional/meseteños en demoliciones de la República. La II República española ha sido traicionada más veces, pero del nacional/fascismo nació la primera traición, cuando la pasaron por las armas. Y, de paso, a sus defensores.

Eso sí, los militares golpistas que fusilaron la II República, también unieron en el miedo a todos los pueblos que aterrorizaron. En el miedo unánime, que diría Paca Aguirre –por cierto, hace unos días esta mujer tan lúcida, y derrotada, fue reconocida por los poderes del estado como poeta singular, algo que ya sabíamos sus lectores desde el primer poemario, Ítaca, hace ya una dictadura de años–, un miedo unánime que ha juntado a estos pueblos contra el poder del miedo. Es lo que ocurre, que el miedo pierde tirón con el tiempo. Y se olvida la urbanidad.

Pero en traiciones a la República no tienen la exclusiva los cruzados nacional/meseteños. En 1975, durante la crisis de sucesión a la dictadura de los militares, la multitud también ocupó las calles. Nos estábamos sacudiendo los miedos unánimes después de 40 años de fusiles y atropellos, pero no nos dieron tiempo de hacer nuestra política y crear nuestra alternativa. La política de la multitud siempre fue la democracia y, en España, la democracia ha sido la República, pero la multitud fuimos derrotados.

Fuimos derrotados otra vez. Los falangistas no perdieron el control de aquella transición y dejaron atado y bien atado en la Constitución del 78 el legado de sus jefes, los militares golpistas. Es curioso, pero la única institución que cambió de responsable a partir de 1975 fue la Jefatura del Estado: pasó a ocuparla el Borbón por mandato de su antecesor, el golpista Franco, que se la había apropiado.

Así fue como la monarquía, esta máquina de poder vacía, espectacular y parasitaria que captura la potencia creativa de la multitud, apretó el nudo que habían dejado atado los duques. En el resto de instituciones parasitadas por los fascistas siguieron ejerciendo los mismos, los mismos ministros, los mismos jueces, los mismos generales, los mismos banqueros y los mismos patronos, enriquecidos con las propiedades de los republicanos expoliados, los mismos torturadores.

En 1978 fue cuando se concretó la segunda traición a la República. No traicionó la multitud constituyente y autónoma, que ocupaba las calles y las fábricas y moría en las escaleras de las iglesias o en aceras anónimas. Su inteligencia no alcanzó otras metas, pero ya no obedecía al miedo unánime que la llevó a desfilar ante el cadáver del dictador en una formación que, solo de recordarla, avergüenza. La traición se había firmado en los Pactos de la Moncloa y se rubricó en la Constitución.

El miedo incurable y unánime de las dirigencias del PCE o del PSOE o del PNV o de CiU las sometió a esos pactos. La transición no fue sino el consenso del miedo, dirigido por los ministros falangistas y muñido por los llamados padres de la Constitución, más toda la recua de intelectuales estabulados y alimentados durante este proceso y en los años inmediatos. Conviene recordar a estos analistas e historiadores de la transición que durante los años ochenta y noventa, y como media anual, en las cárceles españolas continuaron penando hasta mil presos políticos, que ya no hacían barcos en la cárcel, sino banderas democráticas. Y en la cárcel siguen, haciendo compañía a los catalanes, como siguen los huesos de los fusilados y desaparecidos en las fosas comunes y en las cunetas.

Y he aquí que hoy, con el 99% de las españolas de bien en el infierno por culpa del paro y los desahucios y la pobreza inducida y los malos gobiernos y las sentencias infames de los tribunales, la mayoría de los catalanes se han conspirado para gritar que la monarquía es asechanza de dictadura y que la República es nuestra democracia.

Ocuparon plazas y autopistas para proclamar el derecho a decidir enarbolando derrotas y esteladas vermellas, su bandera republicana. Lo gritaron primero, para convencernos a todos, y lo organizaron después, el referéndum del 1 de octubre. La respuesta del gobierno nacional/meseteño no fue parabólica esta vez, desde luego: bombardearon Montjuic desde el acorazado Piolín con tiro tenso y porras y el artículo 155. ¿Otra traición a la Republica española de estos vendepatrias?

A día de hoy, es ilusorio esperar de los devotos del breviario nacional/meseteño otra genialidad que represión y la nada. A día de hoy el futuro de la democracia, y de la República, está en nuestras manos, en manos de la multitud de los pobres y empobrecidos, de los hipotecados, de los desahuciados, de los parados, de todos los explotados. Los catalanes se han adelantado, como hicieron casi siempre cuando se trataba de destronar a los Borbones. Decidir es nuestro derecho, de todos. Y acabar por fin con la monarquía. Ninguna familia ha sido más veces repudiada por la voluntad popular que los Borbones, ninguna familia ha sido más dañina en nuestra historia.

A día de hoy, la traición a la Republica no será cosa de militares o de los policías emboscados en el Piolín. Tampoco lo será de los dirigentes del PCE o del PSOE, ellos ya no constan en nuestro santoral democrático. En la actual crisis, si la multitud no conseguimos acabar con la monarquía será responsabilidad de todas y de todos, de todas las que soñamos con la democracia y la igualdad. No cerró la crisis la abdicación del penúltimo Borbón. Aún queda el último.

No volvamos a escuchar los cantos de Sirenos o terminaremos naufragando y nos volveremos a ahogar. Agrupémonos todos por fin en torno a la flauta de Orfeo, escuchemos otra vez su música democrática y mantengamos el rumbo. Contra la música de Orfeo nada puede el canto de los Sirenos, está demostrado. Para muchos de nosotros esta será la última oportunidad. O conseguimos organizar la III República o nos habrán derrotado otra vez los mendaces Sirenos.

Nadie puede ya derrotar a la multitud sino nosotros mismos, nuestras distracciones. Nadie traicionará hoy a la República sino nuestra inacción. O proclamamos la III República o definitivamente el 15M será derrotado y, con él, la multitud y sus creaciones.

O democracia y victoria, pues, o nuestra va a ser la tercera traición a la República. Ni habrá más culpables ni habrá más ayudas para salir del infierno.

Es por estas razones que Patrañas se responsabilizará de una mesa en el referéndum del día 2 de diciembre por el derecho a decidir, si Monarquía o República. Amén.

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