Dias heridos

17 febrero, 2013

Días heridos[1], Por: Marisa Ruiz Trejo- Algunos días nos duelen, nos hieren, nos abren hendiduras en la piel. Hace unos días – uno de esos días heridos – secuestraron a la sobrina de una amiga en el Estado de Michoacán en México. Ya apareció. La soltaron en medio de la nada en un municipio cerca del lugar en donde vive. Golpeada, maltratada. No se sabe quiénes, por qué, por qué la soltaron. Apareció y está viva.


La dejaron sin zapatos y caminó, caminó hasta encontrar una carretera donde nadie quería llevarla de vuelta. Luego de un rato alguien se detuvo. Ahora ya está en su casa. Pero lo peor no ha pasado. Lo peor es que miles de mujeres en México viven estos actos brutales todos los días y parece que no hay nada ni nadie que pueda cambiarlo. Los que mandan se cubren las espaldas para proteger a quienes les conviene o para protegerse solo ellos. Pero ¿qué pasa con los que no son dueños del dinero? ¿Qué pasa con los que no son élites oscuras en el conflicto social? A las demás solo nos queda la virgen de los deseos. Dice una poeta mexicana llena de indignación:

Vivo en un país tan grande que todo queda lejos

la educación,

la comida,

la vivienda.

Tan extenso es mi país

que la justicia no alcanza para todos.

(Lina Zerón)

Hace una semana, supimos del caso de las seis mujeres violadas en Acapulco, México. La justicia del Estado mexicano demostró que la impunidad podía “combatirse” pero lo lamentable es que no se hiciera en el mismo sentido para todos los casos de mujeres que denuncian violaciones y sí en el sentido de la importancia que se da a ciertos cuerpos sobre otros en una jerarquía de poder articulada con las relaciones de política internacional que privilegian, en los problemas machistas, la clase y el origen etnonacional. Porque esa justicia de la que habla Lina Zerón no alcanza para todos pero sí alcanza para unos cuantos. Otro día herido en el que como respuesta el movimiento de mujeres en el Congreso del Estado mexicano demandó en una pancarta: “mismos derechos para todas las mujeres”.

El pasado 14 de febrero, en más de 200 países miles de mujeres bailaron por esos días heridos a favor de una vida sexual sin violencia. En Madrid, la plaza Agustín Lara se ocupó de cuerpos que co-crearon una relación de respeto al ritmo de una batukada. En San Francisco en el V-Day, el movimiento Her Rising de la Bay Area, el One Billion Rising y el Occupy Oakland también unieron fuerzas para una flashmob en la que bailaron equilibrando fuerzas para detener la violencia contra las mujeres en todo el mundo en pleno centro de la ciudad, el City Hall. La convocatoria decía: “una de cada tres mujeres en el planeta será violada o golpeada durante su vida. Mil millones de mujeres violadas es una atrocidad. Mil millones de mujeres bailando es una revolución”.

Mientras lo político se mueve por las calles, la política coercitiva se ejerce en las oficinas del gobierno madrileño. ¿Será casual que en los días heridos que tratamos de sanar bailando en los espacios públicos se reciba con altos honores a uno de los presuntos responsables de la represión y de la violación sistemática en Centroamérica? El ex general Otto Pérez Molina, actual presidente de Guatemala, es bienvenido y se le entregan, incluso, las llaves de la ciudad, las llaves del espacio público. Se convoca a un plantón como muestra simbólica de rechazo colectivo porque no todas las personas que vivimos en Madrid estamos de acuerdo en abrirle las puertas de uno de nuestros espacios políticos a quien ha sido acusado de participar en el genocidio contra el pueblo guatemalteco. En la ciudad nos queda poco de público así que lo mejor sería que Botella le dé de lo privado. Al menos, de nuestro espacio personal e íntimo no le abrimos más que nuestro desprecio.

La memoria de las mujeres que fueron violadas durante el conflicto armado interno de Guatemala que duró 36 años; la memoria de las mujeres que tuvieron que vivir en los mismos pueblos junto a los militares que las violaron como si nada hubiera pasado y cuando denunciaron volvieron a ser violadas; la memoria de las que hoy son víctimas del feminicidio en distintos lugares del mundo; esa memoria está en nuestros cuerpos que bailan, está ahí para recordar en estos días heridos que la justicia no puede quedar tan lejos. En paráfrasis de uno de los poemas de Leticia Luna, podrán borrar nuestros nombres y pensaran que hemos muerto pero nuestros nombres tatuados en el cielo con sus destellos, danzan.

[1] Inspirado en el poemario de la escritora mexicana Leticia Luna, publicado por 400 elefantes.

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