Adiós mundo dulce, hola mundo cruel. Hacia una nueva etapa de la lucha de clases

10 septiembre, 2012

Creo que es necesario que se tome conciencia de los momentos históricos que están por venir. A falta de orientación y explicaciones por parte de la izquierda tradicional, sea porque no las tiene no las quiere tener, y ante la debilidad de las otras, convendría intentar explicar las nuevas normas de un escenario que va a ser dramático, duro, complejo y lo que es más importante, de confrontación.


Lo que todo el mundo puede entender es que se ha provocado una ruptura del contrato social, del status quo, o como se quiera llamar a que acaban de echar, de un puntapié, a la clase trabajadora del país de las maravillas del mal llamado estado del bienestar. Y este es el fin de la paz social quieran o no las organizaciones políticas y sociales de nuestro país.

El estado del bienestar es aquel por el cual la clase trabajadora obtenía del capitalismo unas condiciones de vida que no solo suponían su mera manutención, sino que la integraban al consumo y al crédito. Se garantizaban determinados colchones como el subsidio por desempleo o ayudas familiares y el derecho a la educación y a la sanidad. Esto en un marco de ciertas libertades políticas, civiles y sindicales. Todo este complejo sistema de relaciones socio-económicas se puso en pie gracias a la presión que las clases populares ejercieron sobre el sistema y sobre las clases dominantes a lo largo de décadas, ya fuere mediante huelgas, insurrecciones, revoluciones o incluso instaurando sistemas económicos que directamente expropiaban a la clase capitalista o la relegaban a un segundo plano.
Solo el miedo a perder parcialmente el control/ganancias o a perderlo del todo ha motivado que se formase, después de la 2ª Guerra Mundial y durante todo el convulso siglo XX esta pacífica relación entre las clases sociales y el modelo de sociedad. Esto sucedió entre otras cosas gracias al motor económico que suponía la necesidad de reconstruir un mundo destrozado por una guerra sin parangón.
Estallada la crisis, la primera reacción de los gobiernos se refleja en la frase de Sarkozy “hay que refundar el capitalismo”. En esos primeros momentos los representantes del capital se apresuran a criticarse a sí mismos y sus políticas denunciando una exagerada libertad y poder de los mercados y del capital financiero. Pero esto dura poco, la reacción de las clases populares es pasiva, no hay protestas. Al contrario, la gente se aferra a sus haberes deseando que no le afecte el desempleo, el desahucio y esperando que la crisis pase como si fuere un vendaval. Ante tal pasividad y sin presión ninguna, las clases dominantes entendieron que había llegado su momento.

La falta de dicha presión se explica por multitud de factores: la caída de la Unión Soviética, una cultura sindical que hizo del pacto y la paz social un valor en sí mismo, la pérdida de los referentes ideológicos y culturales de la clase obrera y el llamado capitalismo popular que, aparentemente, hacía copartícipes a los obreros de un modelo social que nunca fue el suyo. Otro factor determinante son los partidos y organizaciones que debían representar a la clase trabajadora, habiendo fallado estrepitosamente unos y pasado al bando contrario los otros. Lo que ha supuesto y supone un freno al desarrollo de una política independiente de las clases populares y sus luchas, y como se demuestra hoy, la aparición de multitud de distorsiones y prejuicios frente al sindicalismo o la acción política organizada. Así, la clase trabajadora, debilitada además por la dispersión dada por los nuevos modelos productivos, que huyen de las grandes aglomeraciones de trabajadores en una misma empresa, no parecía capaz de intimidar a las clases dominantes. Todo lo contrario, había renunciado a dar batalla, en lo que parecía una suerte de síndrome de Estocolmo. Todos querían creer que el sueño americano todavía era factible.
Pero la crisis llegó para quedarse. Utilizada como cortina de humo, es la excusa fundamental que se esgrime para reconducir al capitalismo a su estado elemental, la ley de la selva, donde solo importan los beneficios y estos se sitúan por encima de otras consideraciones como el bienestar social, la paz, el ecosistema y cualquier otro derecho fundamental. Podemos observar, en los recortes, privatizaciones y nuevas leyes, satisfechas muchas de las demandas históricas de las patronales, derechas y capitales. Qué casualidad que el programa político y económico de las clases que han hundido la economía sea el que se esté aplicando para levantarla. Lo cierto es que no veremos un final de la crisis, porque cuando se dé, si es que se da en estas condiciones, las clases trabajadoras no verán la diferencia.
Esto va a ser así, primero porque los motivos que generaron la crisis no se están combatiendo, sino que se está profundizando en ellos: mayor concentración de capital, más poder al capital financiero, profundización en la financiarización de la economía, menor control de los “mercados”. Segundo, el provocado fin del estado del bienestar, aunque reduzca los costes de la mano de obra, va generando una paulatina retirada del consumo de grandes capas de la población, lo que provoca la quiebra de sectores económicos dependientes del consumo, esto a su vez disminuye el flujo de fondos a las arcas del estado vía impuestos que dejan de pagarse, provocando un mayor déficit. Tercero, la contención de gasto de las administraciones reduce drásticamente la inversión pública, algo que como se está demostrando ahora más que nunca, era uno de los motores fundamentales e insustituibles de la economía. Por último, las transformaciones que están sufriendo las legislaciones son de un marcado carácter reaccionario y están limitando los derechos y el poder de resistencia de las clases populares y la posibilidad de hacer otro tipo de políticas. En España, modificando la constitución para incluir el límite de déficit, las reformas laborales, las nuevas leyes represivas y todo un goteo constante de decretos. Legislación que perduraría una vez finalizada la crisis.
La legislación va cambiando a marchas forzadas para ir ilegalizando acciones que antes eran legales y que ahora resultan incómodas para los gobiernos, por lo que deben ser prohibidas. Y estamos solo al comienzo de este juego del gato y el ratón. Los cuerpos represivos van aumentando su brutalidad conforme sube la temperatura social y ya rozamos elevadas cifras en cuanto a número de identificaciones, denuncias por torturas, abuso de autoridad y otros elementos de terror. Un ejemplo casi absurdo son las amenazas de ilegalización con las que el gobierno presiona, nada menos que a una asociación de consumidores, Facua, si esta no deja de denunciar los recortes. No es casualidad que se cercenen las libertades civiles y los derechos democráticos al mismo tiempo que lo hacen con los ingresos directos e indirectos de las masas.

A pesar de esta intimidación, la población está empezando a responder, huelgas generales, toma de plazas, marchas, cortes de calles a manos de funcionarios, protestas mineras, rebeliones ante la aplicación de normas sanitarias injustas, movilizaciones estudiantiles o las últimas expropiaciones simbólicas de alimentos u ocupaciones de tierras. Estamos ante una oleada de protestas defensivas que tratan de evitar por un lado el desmantelamiento de derechos básicos como el acceso a la educación y una sanidad de calidad, al trabajo, a un sueldo digno y jubilación decente, y por otro frenar una involución histórica, como demuestra la nueva ley del aborto o la cada vez más limitada democracia.

A todo esto hay que sumar el desgaste que con crisis o sin crisis, estaba y está sufriendo el modelo político surgido de la transición. La monarquía cada vez más enferma ya no puede tapar los escándalos de corrupción, ni su propia lujosa y decimonónica idiosincrasia, que se muestra como una broma macabra frente a una población cada vez más empobrecida. El bipartidismo creado y pactado entre PSOE y PP, supone una anomalía democrática, más si tenemos en cuenta que en la práctica defienden la misma política económica. Enquistados en las instituciones han sabido llevar a sus aguas a cualquier otra opción y han regado la geografía de corruptelas, prebendas y clientelismo antes y después de saquear los recursos públicos. Haciendo de las instituciones y sus arcas sus cortijos privados. En la práctica han ido entregando el Estado y sus recursos a los grandes grupos económicos, de forma que en la interrelación entre estos partidos, las instituciones y las empresas, es difícil saber quién puso a quién o dónde se toman las decisiones. El Estado de las autonomías hace aguas y parece no satisfacer a nadie. Se cuestiona su sostenibilidad sin explicar que las competencias transferidas deben seguir realizándose, y por lo tanto seguirán suponiendo un coste. Se obvia, además, que las autonomías no cayeron del cielo, sino que intentaban responden a las diferentes realidades culturales y plurinacionales que componen nuestro estado. Realidades sociales en las que se vienen acrecentando las demandas de una mayor autonomía o independencia, por lo que es de esperar que cualquier intento de mayor centralización, ejerza a la larga el efecto contrario, contribuyendo a aumentar la tensión.

El mundo tal cual lo conocíamos está muriendo. Nos acercamos inexorablemente a un enfrentamiento entre las clases sociales que va a convulsionar el continente europeo. Un ejemplo ya lo tenemos en Grecia. El afán egoísta del capital y la miopía de la clase política empeñada en defenderlo va a costar caro para sus propios intereses, aunque más caro nos va a costar a los trabajadores. El neoliberalismo ha empujado al abismo a un sistema de por sí inestable, que estando en el precipicio se niega a tomar otro camino y busca una huida hacia delante.

Tendremos que sumar a la depauperización de nuestras condiciones de vida y de los que nos rodean, sea por la falta de trabajo, de ingresos o falta de cobertura sanitaria, la represión y el cinismo por parte de nuestros gobernantes. Fácil no va a ser. Tenemos un camino lleno de peligros e incertidumbres, tenemos que prepararnos en los puestos de trabajo, en los barrios, en las organizaciones sociales y sindicales para la embestida que se nos viene y la respuesta que tenemos que dar. De no ser así, de no ser la gente humilde y la izquierda la que esté dispuesta a organizar otra ruta diferente a la que nos están imponiendo, el malestar y la presión saldrán por el sitio equivocado y nos volveremos contra nosotros mismos y contra los más débiles. La vuelta a un fascismo moderno no es ningún muñeco de paja. Los grupos de extrema derecha cada vez tienen más fuerza en los parlamentos de toda Europa. En Grecia un partido abiertamente nazi, Amanecer Dorado, tiene 18 diputados.

Estamos entrando en uno de esos períodos de la Historia que preceden a los grandes cambios. A partir de mañana muchas cosas pueden suceder, las agujas de la Historia corren a una velocidad vertiginosa y ya no llevarán el ritmo pausado y regular que hemos conocido en estas últimas décadas. Los ritmos han cambiado y la volatilidad va aparecer como un componente orgánico de las cosas. Da igual si se quiere o no que esto ocurra, si se sabe o no lo que se está pasando, la realidad es que los componentes están en la probeta y la reacción es inevitable.
Yeray Arencibia

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