Y dicen que en Madrid gobierna una esperanza

29 octubre, 2008

Un día quizás el alcalde Montoya y yo, vayamos a La Cañada Real, aunque solo sea para ver, si allí hacemos converger nuestras almas y repetir aquella cita que aprendí de mi suegro: “La necesidad obliga a realizar acciones que la ley no permite” La necesidad obliga a levantar chabolas, en la tierra de todos y en la tierra de nadie.


Cuando los poetas amateur escribimos crítica política, parecemos ante aquellos que criticamos, como ogros, como malditos que, arremetemos contra cualquier hoja que mueve el viento otoñal en la vida pública leganense.
Sí, somos agresivos, inconformistas y rebeldes.
Pero quizás lo que ninguno de los pocos lectores que tenemos sospeche, es que, cuando llega la media noche, en nuestra soledad más íntima, escribimos una lírica muy distinta, en ocasiones como poetas de urgencias.

Es entonces cuando uno viaja por los arrabales, a veces a La Cañada Real, allí vemos a los marroquíes, rumanos, gitanos extranjeros y españoles, pero también vemos piquetas
Derribando casa, chabolas y construcciones diversas que cobijan a seres humanos.

A mi edad, me sorprenden ya muy pocas cosas, pero hay algo que me hace hipersensible ante el dolor ajeno, me siento un poco más humano y al tiempo más impotente, hay algo que me traspasa el hondón del alma, y es cuando veo un niño con neumonía – sin hospitalizar- asfixiándose en la humilde cama de una chabola, un nuevo niño Jesús, sin el vaho de la vaca y de la mula, sin vírgenes ni carpinteros, ni siquiera la hierba seca con su olor a henos sobre un pesebre.

Un día quizás el alcalde Montoya y yo, vayamos a La Cañada Real, aunque solo sea para ver, si allí hacemos converger nuestras almas y repetir aquella cita que aprendí de mi suegro: “La necesidad obliga a realizar acciones que la ley no permite” La necesidad obliga a levantar chabolas, en la tierra de todos y en la tierra de nadie.
Sí, un día Montoya y yo, visitaremos La Cañada Real, y doy por seguro que, volveremos solo con pisarla un minuto, siendo él mejor alcalde, y yo, un mejor ciudadano y mejor ser humano.
Y luego dicen que en Madrid gobierna una esperanza…

¿Arrabales o fronteras?

barrios sucios, clandestinos,

chabolas de rasilla usada,

de cartón piedra y Uralita

que cierran La Cañada

imborrable.

Los niños semidesnudos

se mean en los charcos

espejos de un otoño imperdonable.

Y el frío penetra ceniciento

una noche de fiebre

en la cama infantil,

sin vacas, ni mulos, ni pesebres,

ni virgenes, ni gallardones…

¡Cuánto niño Jesús

se lleva La Cañada

y no devuelve!

Y dicen que en Madrid

gobierna una esperanza.

Leganés, 27 de octubre de 2008
JOSMAN

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