La vida enrejada o encarcelada por Montoya

4 junio, 2008

Montoya y Gallardón deben de quitar las rejas, el día que el pueblo empecemos a pensar les pondremos las rejas a ellos, quien a hierro cierra a hierro debe ser cerrado y no me refiero a las prisiones para aquellos que como yo son mal pensados.


Hoy he refrescando mi memoria con añoranzas de la infancia, debería ser algo privado, pero a veces hay que transmitir lo privado para reflejar la barbaridad de lo público, cuando se pone rejas a los parques se encarcela la vida, la naturaleza y los leganenses formamos como todos los habitantes de la tierra parte de esa naturaleza.

Permitidme contar, como empecé a amar la naturaleza. Los malos hedores de las vacas y el inmenso aroma del Heno de Pravia asturiano en estado natural.

Yo nací en el suelo de una cuadra habilitada como casa, el último día de un marzo carabanchelero, que me trajo el primer escalofrío abrileño, cuando mi madre abrió la ventana para espantar o ventilar el olor a vaquero y vaca que mi padre dejaba –por su profesión- entre las sábanas inmaculadas.

El olor a vaca no agrada a nadie al primer instante, cuando uno se acostumbra a él, naciendo en Madrid como yo, te transmite con los años la nostalgia sensaciones de hogar, de un ayer que aún de dictadura férrea y falto de muchas cosas, rebosaba a ese amor cotidiano necesario para vivir.

Las historias de mi padre, me trasladaban a la cuadra cálida, al vaho sosegante, al envidiable reposo que te inunda el alma al ver el armonioso rumiar del ganado que te hace meditar aún más intensamente que la contemplación prolongada del fuego de una cocina francesa o el vaivén eterno de las olas de la mar.

Mi padre me enseñó a ver el prado silencioso, el hedor a la hierba, a esa inmensa pradera bella y hasta celestial de su Asturias, esa tierra que siempre será medio revolucionaria y medio reflexiva en que la mañana de ese abril cuando alborea el día, te besa y penetra en tu memoria, y ese es el único beso perenne, puro y fiel de mi existencia.

La naturaleza te da la vida, te enferma y te mata, pero te besa como nadie y como nada, porque no existe otro amor mayor que pueda sentir y hasta soñar el ser, y que se tenga tan a mano sin que nos demos cuenta cuando le pisoteamos y le maltratamos.

Yo acostumbro a visitar el parque del Butarque, jamás voy a Polvoranca, porque me huele a artificial, a perfume de Esperanza Aguirre y a Consejero de Medio Ambiente porque el Ambiente Entero les viene grande.

Y ya no voy al parque de San Nicasio, ni al Retiro madrileño, ahora y siempre que Gallardón y Montoya enrejan los parques, la naturaleza, la vida, nada puede preservarse entre rejas, quien pone rejas y cárcel a la vida no merece vivirla y mucho menos administrar o regir la vida de la ciudad que en el todo y en la parte es nuestra de los leganenses y de los madrileños, y es más los parques deben o deberían ser patrimonio de la humanidad, libres, abiertos como la Casa de Campo madrileña que es lo único que un rey absolutista regaló al pueblo de Madrid, no lo regaló se lo devolvió.
Montoya y Gallardón deben de quitar las rejas, el día que el pueblo empecemos a pensar les pondremos las rejas a ellos, quien a hierro cierra a hierro debe ser cerrado y no me refiero a las prisiones para aquellos que como yo son mal pensados.

Quizás lo único que Franco dejó o disimuló en lo que pudo, desde su mente enferma fue lo más maravilloso del mundo permitir a dos enamorados acariciarse bajo el acariciante abanico de un sauce en un parque público, a la sombra de la noche, que es cuando una caricia se asemeja al paraíso.

Montoya, deja las perdices libres, y yo dejaré de meter mano en sus nidos para tocar los huevos.

Leganés, 3 de junio de 2008

José Manuel García García (JOSMAN)

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