La Luciérnaga del Butarque

31 mayo, 2008

La rana lloraba y yo lloré con ella, y sus salpicantes ojos me llegaron a decir con ese lenguaje poco común de la voz de las miradas, como los hombres cada día que amanece matamos la luz de la vida, la luz de la esperanza, la luz de la cultura y de la historia, y lo peor de todo la temblorosa luz de la vela de la fe, de todos aquellos que en libertad la tienen, la otra luz, la de la luciérnaga es la luz de la vida. Esa vida, esa naturaleza de la que formamos parte, y que en la razón de nuestra sinrazón que decía Cervantes, somos los hombres el instrumento que la destruye de la forma más miserable y brutal.


Maldigo a los políticos y al propietario de la Finca de la Mora, por haber permitido la destrucción total de la ermita histórica situada en dicha finca particular, que era un patrimonio histórico de todos y que como la Iglesia de Polvoranca dichos políticos han dejado derrumbarse, por que tienen sus ojos puestos en el futuro urbanístico más que en la historia de nuestra localidad, quizás por ese temor bíblico de convertirse en estatuas de sal si miran hacia atrás como la mujer de Lot. Pero Leganés, no es Sodoma ni Gomorra. Es sencillamente Leganés y aquí no hay ángeles exterminadores.

Sí es un cuento, como la política de Leganés, un cuento interminable.

Las noches en las orillas del Butarque, invitan al paseo, a la observación a corta distancia como si se concentrara más uno en lo que pisa que en lo que el horizonte oscuro oculta, una de esas noches en que la temperatura invita al paseo de miopía forzada y la flora entre tinieblas te oxigena los pulmones y te ayuda a meditar, observa uno lo cercano y se llena de él, asimilando el instante como una condensación del todo, en un corto espacio que te impregna todos los sentires.

Miré a mis pies, y por fin la hallé, la Luciérnaga del Butarque desprendía los tímidos destellos fosforescentes y arrastrándose por una tenue hierba recién nacida o resucitada en una primavera que se vestía de vida, bajo la amenazante Autopista Radial-5, con sus seis carriles chirriantes y contaminantes.

Durante varias noches seguí su lento transitar, los dos acudíamos a la cita nocturna, la segunda noche una rana se sumó a nuestro lentísimo paseo silencioso, sólo perturbado por las lejanas luces de vehículos que podrían estar ocupados por tiernos enamorados bajo los altos chopos abanicantes besándose y besados por el viento tembloroso y refrescante de mayo.

Pronto adiviné el destino de la luciérnaga que atravesó la angosta carretera que trascurre próxima a los vestigios de lo que fue la ermita de la Finca de la Mora, que su propietario terminó de reducir a escombros, mientras el ayuntamiento de Leganés, miraba al futuro urbanístico y ladrillar, porque al parecer la cultura del pasado y nuestra historia les puede convertir y les convierte en estatuas de sal.

La luciérnaga que como dijeron algunos científicos y el mismo Miguel de Unamuno es” la única vida con luz propia en el universo que hasta hoy conocemos”, se dirigía junto a la rana hacia la temblorosa llama de una vela de cera que, noche a noche durante años una creyente dejaba cada atardecer devotamente en aquellas ruinas donde desde el siglo XV había habitado el alma de Cristo, que había sido desalojado por la piqueta criminal de la cultura histórica y de la creencia mayoritaria de los ciudadanos.

Tras cruzar la carretera luciérnaga y rana, llegando la madrugada, y el sol renaciendo por los tejados del vecino barrio de Villaverde, las abandoné vencido por el sueño.
La noche siguiente tras atravesar la espinosa alambrera de la finca, observamos los tres como, una ráfaga de viento apagó la llama de la vela, aquella luz encendida por la mano humana y aquello que pareció no tener importancia, nos mostraba la oscuridad de Leganés hacia la divinidad, metáfora clara de que cristo abandonaba para siempre su refugio leganense.

Volví los ojos a la luciérnaga y se apagó súbitamente y entristecida se encogió y arrugó y entro en ese letargo que los gusanos tienen envueltos en la seda que vomitan ante su metamorfosis milagrosa de la vida natural.

La rana lloraba y yo lloré con ella, y sus salpicantes ojos me llegaron a decir con ese lenguaje poco común de la voz de las miradas, como los hombres cada día que amanece matamos la luz de la vida, la luz de la esperanza, la luz de la cultura y de la historia, y lo peor de todo la temblorosa luz de la vela de la fe, de todos aquellos que en libertad la tienen, la otra luz, la de la luciérnaga es la luz de la vida. Esa vida, esa naturaleza de la que formamos parte, y que en la razón de nuestra sinrazón que decía Cervantes, somos los hombres el instrumento que la destruye de la forma más miserable y brutal.

Luciérnaga del Butarque / única vida con luz,/ como decía Unamuno /se arrastra de norte a sur/ frente a un lago negro, en noche,/ por el día, espejo azul…

Leganés, 31 de mayo de 2008

José Manuel García García (JOSMAN)

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