Vivienda

29 febrero, 2008

Ahora que los candidatos de los grandes partidos políticos de este país se encuentran tan ocupados haciendo el payaso en público por ver a cuántos incautos son capaces de embaucar para que les voten en las elecciones generales, ahora, hoy mismo, mañana o pasado mañana, puede ser un momento tan bueno como cualquier otro para que los ciudadanos miremos de frente la realidad del país.


No hay que esperar demasiado de los políticos profesionales que en estas fechas mendigan aplausos y votos. Cuando se encuentran en campaña, o sea siempre, se vuelven seres menesterosos y se les nubla el raciocinio. Y como a ellos, a los directores de los grandes medios de comunicación y a toda esa tropa de ridículos comentaristas o «politólogos» (sabrá Dios qué cosa designe semejante palabrota), engolfados a todas horas en sesudos análisis sobre si en el gran debate televisivo entre Zapatero y Rajoy se le veía a uno más sonriente y fresco o el otro gesticulaba demasiado o llevaba mal hecho el nudo de la corbata. En fin, esos asuntos que tanto importan a la ciudadanía. Porque en los tiempos que corren no se requiere de quien opine sobre la política nacional que tenga ni la más remota idea de economía o sobre el verdadero estado de la educación pública o la sanidad; basta con ser experto en manicura.

Tampoco debemos fiarnos demasiado de la división al uso entre izquierda y derecha. Y no porque, como de toda la vida nos han querido hacer creer los muy de derechas, tal división haya dejado de existir, sino porque el grueso mayor de la izquierda presente en las instituciones se vendió hace muchos, muchos años a los dueños del país, banqueros, industriales, especuladores y capitalistas de toda condición, los dueños que se hacen llamar padres de la patria porque roban más que nadie y patriotas porque financian asesinatos en masa. La verdadera izquierda, en cambio, ha quedado en la calle, a la intemperie, con apenas sus manos, su cabeza y su corazón. Aunque, bien mirado, igual con esto es suficiente si nos empeñamos. Pero, claro, por lo menos hay que empeñarse.

La semana pasada, un célebre diario de reciente fundación que se tiene por muy de izquierdas y progresista recogía en su portada la deslumbrante noticia de que Botín venía a desarmar el catastrofismo del Partido Popular acerca de la economía del país, que al banquero por lo visto le parecía que marchaba maravillosamente. No supe decidir al pronto qué me espantaba más: si que el banquero más rapaz del país defendiera a la presunta socialdemocracia de los ataques de la derecha, si que lo exhibiera como tranquilizador dato un periódico en teoría progresista o el mero hecho de que Botín estuviese contento con el estado de la economía. Pero todo mezclado da como para que la clase trabajadora empiece a temblar y a enseñar los dientes.

En las mismas fechas, otro periódico, éste de distribución gratuita y no tenido por muy rojo, al contrario que el anterior, daba cuenta del informe que el observador de la ONU Miloon Kothari había redactado sobre el estado de la vivienda en España. Las conclusiones del informe resultan tan demoledoras, que el silencio guardado al respecto por el resto de la prensa y por los grandes partidos encenagados en la campaña electoral es de esos silencios que por sí solos constituye un clamor de desvergüenza infinita. Y tendrían que haberse removido los pilares de la tierra.

Tal vez con buen tino la oposición ha renunciado a hacer uso, ni siquiera demagógico, del informe, porque el informe hace remontar a dos décadas atrás el origen de la catástrofe inmobiliaria, lo que, aunque se haya quedado corto, cubre de lodo la totalidad de las instituciones del país y tanto a gobiernos del PSOE como del PP. Y tampoco es que Miloon Kothari haya sido en exceso original. Lo que nos dice lo lleva denunciando en la calle desde hace dos años el movimiento ciudadano reivindicativo del derecho a una vivienda digna. Hay más de tres millones de viviendas vacías en un país en el que cerca de ocho millones de personas no tienen acceso a un techo bajo el que vivir. Más de una cuarta parte de los ingresos de nuestros ayuntamientos procede de la especulación urbanística, por la vía esencialmente de malvender a grupos privados el suelo público que es la herramienta básica para garantizar el derecho a la vivienda. España es el país de la Unión Europea en el que más se construye y en el que en cambio la vivienda constituye un problema social más trágico. Las políticas de subvención a la vivienda en propiedad y las desgravaciones fiscales, las políticas que siguen ofreciendo como gran panacea tanto el PP como el PSOE, han provocado constantes elevaciones de precios. El urbanismo enloquecido que asola el país, aparte de destruir el entorno natural, lleva camino de sumirnos en una crisis del modelo productivo que dejará un reguero de desempleo, pobreza y desesperación de centenares de miles de personas (de Botín seguramente no, desde luego).

El observador de la ONU reclama de las autoridades españolas que adviertan a la población de la gravedad de la situación y acometan medidas urgentes y drásticas para corregirla. Pero hasta ahora las autoridades se han conformado con ordenar a los antidisturbios que apaleen en las calles a los ciudadanos que se han manifestado para denunciar ni más ni menos que lo que ahora nos dice la ONU, amén de negociar con el G14, representante de los grandes constructores y promotores inmobiliarios, nuevos bocados de las arcas públicas para evitar reducciones de beneficios empresariales. No vaya a ser que a Botín empiecen a irle un poco mal las cosas. Hasta ahí podíamos llegar.

Pero nosotros, todos los ciudadanos y ciudadanas de este país, tenemos nuestras manos, nuestra cabeza y nuestro corazón. Y con tan prodigiosas armas podemos gritar a los cuatro vientos lo que otros pretenden ocultar.

El próximo 1 de marzo, las asambleas contra la precariedad y por la vivienda digna, más conocidas como V de Vivienda, de nuevo nos llaman a movilizarnos por este derecho elemental que a tantos se niega. En Madrid una manifestación que ha de ser multitudinaria partirá a las seis de la tarde de la Puerta del Sol. En otras ciudades habrá movilizaciones en la misma jornada. Es un buen día, el 1 de marzo, como otro cualquiera, para volver a la calle, y enfrentar entre todos, al silencioso clamor de la desvergüenza, el bullicioso clamor de la dignidad.

Ricardo Rodríguez

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