Rehabilitar al agresor: luz contra el maltrato

11 septiembre, 2007

«Trabajamos con agresores, pero nuestro objetivo es atender a la víctima. Si podemos rehabilitar a un alto porcentaje de maltratadores, conseguiremos que disminuya la misma tasa de víctimas». Éste es el principio fundamental de Andrés Quintero, coordinador de un centro pionero de tratamiento contra el maltrato familiar situado en Leganés y nacido hace algo más de un año. El suyo es el único programa de estas características en toda la Comunidad. Y su responsable, Pedro González, cree que no hay un centro público igual en España.


Dos psicólogos, un trabajador social y un administrativo intentan cada día que 42 agresores, el número actual de sus usuarios, dejen de ser una pesadilla para su pareja, sus padres o sus hijos y no lleguen a serlo para futuras víctimas. Explica que un maltratador familiar no suele cambiar por sí sólo, ni siquiera tras pasar por prisión. Aún en el caso, no seguro, de que su pareja o familiares se alejen de él, buscará una nueva víctima. Si consiguen rehabilitarlo, se evitarán nuevas tragedias. Lo ha comprobado en sus doce años de trabajo con agresores y víctimas en Argentina, Chile y España.

«Sí, se puede rehabilitar»

El primer agresor que pasó por el centro había convivido diez años con una pareja a la que aterrorizaba. Al principio, fueron los gritos. Cuando estos no fueron suficientes para atemorizarla suficientemente vinieron los objetos rotos y los golpes, que la llevaron al hospital. Entre épocas de agresiones y de reconciliación, se acabó creyendo los insultos y que se merecía las humillaciones. Llegó también el maltrato psicológico a su único hijo. Al final, ella denunció, y llegó la orden de alejamiento, y el ultimátum de acudir al centro de rehabilitación.
¿Se puede rehabilitar a un maltratador? Quintero es tajante: «Sí, se puede. No al cien por cien, como no se puede cambiar todas las fobias, pero sí un alto porcentaje». Los resultados son según el psicólogo, prometedores. De los 62 agresores tratados en el centro, el ochenta por ciento continúa la terapia. Todos salvo dos, que tienen una orden de alejamiento y no ven a sus parejas, progresan. Han dejado de ejercer violencia física y van reduciendo la violencia psicológica. Quintero puntualiza: «A medida que avanzan, disminuye aún más, hasta desaparecer». Cinco usuarios, entre ellos su primer paciente, ya han dejado de ejercer violencia y han recibido «el alta». Ahora están en fase de seguimiento.
Respecto a los dos que no avanzan, Quintero afirma: «Tienen que responsabilizarse de sus actos sí o sí, para continuar, y no se tolera que vengan y sigan maltratando». Asegura que si no estuvieran alejados de su pareja, tomarían medidas: «Se buscaría proteger a la víctima, nuestro principal objetivo». Para quien, a pesar de todo, no cambie, Quintero es claro: «Otras medidas, la vía judicial». Es la parte oscura: el 20 por ciento ha abandonado el programa. Esta tasa es, según Quintero, normal en cualquier terapia.

Algunas asociaciones de mujeres desconfían de este tipo de programas. Creen casi imposible cambiar al maltratador. Tina Alarcón, representante de la Asociación de Asistencia a Mujeres Violadas y Maltratadas, admite que aún no tienen la experiencia de un centro de estas características, pero que hasta ahora, muy pocos agresores han asumido la gravedad de su delito. «Los resultados no son alentadores. El porcentaje de rehabilitación en los programas que se desarrollan en las cárceles es muy bajo». Se lamenta de que es escaso el dinero destinado a la atención de las víctimas y que los recursos dedicados a un centro como éste implican menos casas de asistencia y menos ayuda a las agredidas.
Aún deben pasar cuatro o cinco años para conocer si la experiencia del centro ha funcionado. El proyecto lleva en marcha algo más de un año, el periodo que dura, de media, un tratamiento y hay que seguir a los agresores durante algunos más para ver si han cambiado definitivamente su comportamiento. Pero hay esperanza en las palabras de Dosi Rodríguez, representante de Asuntos Sociales del Ayuntamiento de Leganés. «Si una persona aprende a vivir sin violencia, es difícil que vuelva atrás».

Presionados

«Llegan aquí por las presiones externas», afirma Quintero. Sólo uno de los agresores se dirigió al centro por voluntad propia. A muchos —cuatro de cada diez—, les obliga una sentencia. Los demás llegan a través de los centros de observación de la violencia de género y de los puntos de atención a víctimas, que deciden quién accede al centro. A los agresores les arrastra allí la determinación de sus familiares de dejarles.
«A veces vienen sorprendidos, llegan a decir: “No entiendo por qué quiere separarse. Ahora que estábamos tan bien”», comenta Quintero. Su primer paciente era así. Culpaba a su pareja, decía que la violenta, la celosa era ella. Evitaba la palabra agresión y se quejaba de que ella nunca le dejaba hacer nada. Se excusaba: el último golpe fue porque ella le impedía salir. «La empujé y se cayó», y ella acabó en el hospital.
El reto es hacer que el maltratador se responsabilice de un sufrimiento que no considera culpa suya. Demoler sus excusas mediante un tratamiento que va más allá de la mera educación. «Vamos mostrándole las sucesivas situaciones de las que es responsable. A medida que se van derribando sus justificaciones, van cambiando», afirma seguro Quintero.
«Es necesario para la rehabilitación que sientan remordimientos. No hay justificación para el maltrato. Cuando asumen este hecho, sienten remordimientos». Tras la evaluación del agresor, los psicólogos planean un tratamiento personalizado. La primera fase será hacer que el maltratador se responsabilice de la violencia que ha causado y que cese sus agresiones. Entonces, los psicólogos utilizan métodos provisionales que ayudan a que no eclosione su agresividad. Luego, se trabaja para eliminar las causas profundas de la violencia. Al final, si la terapia surte efecto, el agresor ya no lo será.

«Mis manos están manchadas»

Su primer agresor reconoció que tenía un problema después de un largo proceso. Le hicieron contar toda la historia, no sólo la que él había fabricado para protegerse de la culpa. Le enseñaron técnicas para reaccionar sin violencia y se dio cuenta de que tenía un problema. Aprendió que su baja autoestima y su insatisfacción con un trabajo en el que no se hacía valer, las descargaba en casa con golpes. «Ahora se reconoce como agresor cuando ve las noticias en la televisión», afirma Pablo, otro de los psicólogos. Asegura que lo que más le duele es el daño que ha causado y que quiere repararlo. Reconoce que «mis manos también están manchadas de sangre».
La última es la fase de seguimiento, en la que el que fue agresor ya no acude a terapia. Se contacta con sus familiares para conocer si el antiguo agresor sigue sin reincidir. Esta supervisión está presente desde el inicio del tratamiento. Si, en cualquier momento, los psicólogos detectan peligro para las víctimas, informan a las autoridades. Su primer maltratador lleva un mes en esta fase y aún habrá que esperar casi otro año para que su alta sea definitiva. Su antigua pareja ha confirmado al equipo de Quintero que no ha vuelto a intentar agredirla.
Como este primer maltratador, más del 70 por ciento de los agresores que han pasado por el centro se cebaban con sus parejas. Eran hombres, de 19 a 73 años. Del resto, el 15 por ciento eran jóvenes que agredían a sus padres. En este grupo, aunque son mayoría los chicos, hay en torno a un 30 por ciento de chicas. Las víctimas tienen, casi siempre, rostro de mujer. La más castigada es la madre. Los abuelos maternos son más maltratados que los paternos. Las víctimas de sus propios hijos o nietos sienten culpa y vergüenza por no saber enfrentarse a su agresor. No piden ayuda y la solución es más difícil. El resto de los agresores lo son de sus hijos o sus hermanos.
El equipo de Quintero no da abasto. Ya tienen una lista de espera de once personas y Quintero advierte de que «se trata de gente que no puede esperar». Afirma que tardarán algunos meses en atender al último de la lista, pero que a esta se le añaden más miembros que los que se van tratando. Y sólo tratan casos que tienen un vínculo con Leganés, Getafe, Alcorcón y Fuenlabrada.

«No queremos atender a más personas a costa de perder eficacia». A Quintero le gustaría que el proyecto, cofinanciado por el Ayuntamiento de Leganés y la Comunidad contara, al menos, con un psicólogo más. También querría ampliar el servicio y «dedicar un tiempo a prevención en los colegios…». Creen que se puede hacer más para librar a muchas familias de una amenaza.
Tina Alarcón desconfía, pero se mantiene a la espera: «Eso tendríamos que verlo en el tiempo. Ojalá dé resultado. Cuando se reincorporen a la vida en pareja, a ver qué pasa».

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