Rogelia aprende a leer y a escribir a los 88 años

3 febrero, 2006

Os mostramos esta historia delicada y humana como la vida misma. Este artículo merece un homenaje a la gran labor de la Universidad Popular de Leganés, a todos y todas los monitores/as con su trabajo altruista y todos y todas los alumnos/as que han ido pasando por las distintas clases de asociaciones, casas regionales, etc desde que empezaron estos métodos de alfabetización en nuestro municipio.


Con 80 años cumplidos y todos los achaques propios de la edad, Rogelia Morán decidió ir a la escuela para aprender a leer y a escribir.

Sus cartas ya las entienden los sobrinos de Montevideo. “¡Ay, Coral, contentísima estoy, ya me entienden las letras! Ahora estoy aprendiendo las cuentas, sé sumar y restar y no me quiebro más la cabeza, para qué, si ya me entienden”.

Pero ella, con 88 años, sigue yendo a la Universidad Popular de Leganés (Madrid), donde vive. Allí le dan charlas sobre el euro y les enseñan cada día cosas distintas. “Los monitores son maravillosos, como de la casa: Marisa, que acaba de dar a luz, Patricia, Álvaro. Yo voy dos días a la semana, después de misa, y me viene bien porque el médico me aconsejó andar. Por eso me apunté”. En España hay un millón y pico de analfabetos, mujeres en su mayoría. Muchos ayuntamientos cuentan con universidades populares; son centros educativos donde se forma a gente que quiere encontrar un trabajo y necesita saber informática, por ejemplo; o simplemente a hombres y mujeres, como Rogelia, que no pudieron ir a la escuela. “Ay, Coral, si yo a los ocho años estaba con mi hermano pastoreando las ovejas”. La memoria de Rogelia viaja 80 años atrás hasta un pueblino “mísere” de León, Prada de la Sierra, donde nació, se casó y crió a sus hijos, arando detrás de una yunta de vacas. Un pueblo del que se fueron todos, a Buenos Aires, a Montevideo.

Rogelia acabó en Madrid con su marido, en busca de los hijos, que ya se habían colocado en la capital. Para ella Madrid era como China. No entendía los carteles de la carretera, ni los de las tiendas, ni podía leer el nombre de las calles, ni los indicativos del metro. Un día salió a la calle y se perdió; no llegó sino hasta la noche. Buscaba la tienda de su yerno, pero todos los carteles eran iguales, ninguno le decía nada.

La muerte de su marido deterioró su salud y la dejó a oscuras por completo. ¿Quién leía ahora las facturas, quién marcaba el teléfono, quién escribía a la familia de América? “Cuando me dijeron que iban a enseñar a los mayores me dije, gracias a Dios, todavía estoy a tiempo. Ahora se asombran de lo que he aprendido a mi edad. Han sido las ganas que tenía. Cuando voy en el coche les digo: ya estamos en tal sitio, porque leo los carteles”.

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